“En el proceso de parto no existe tiempo ni espacio. Es una conexión en un momento presente, en que dejas ir lo que necesitas y en el que tu bebé lucha por abrirse paso a la vida. Es un acto de muerte y nacimiento”.

Compartir nuestra vivencia de parto es conectar con un recuerdo profundo de mi ser, guardado y registrado en mi cuerpo, que vibra en cada célula. Es un volver hacia adentro y hacia atrás, pero al mismo tiempo ese recordar me impulsa hacia adelante.

Mi hija nació un 17 de diciembre 2013, hace cinco años cinco meses. Esa mañana comencé a sentir fuertes contracciones. Avisé a mi marido de que sentía que nuestra hija pronto iba a nacer, tal como ella me había anunciado en sueños, susurrando su nombre. La contracciones partieron a las 10:00 de la mañana y comenzaron a ser más intensas y más fuertes, avisé a mi pareja y él llamó a Marisol, mi doula, y a la matrona. Entre ellas no hubo acuerdo sobre la espera del bebé, así que Marisol se empoderó, le dijo que nos dejara y la magia comenzó: me dijo que estuviera tranquila, y de verdad lo necesitaba, que confiara y me dejara llevar, porque los niños nacían mirando las estrellas y esta no iba a ser la excepción. Marisol Larraín, mi doula maravillosa, con cinco partos naturales en casa, se volcó a acompañar mi proceso y era la que necesitaba.

Recuerdo que mi hijo, con sólo cuatro años y medio, se hacía partícipe rociándome en el rostro agua de rosas, mientras Marisol ponía en mi espalda un cojín de semillas de linaza caliente para aliviar el dolor.  Para mí pasó sólo media hora, ¡pero en realidad fueron 4 horas! (según lo que me dijo mi marido).

Mi compañero de camino, que silencioso y tranquilo me acompañó en el proceso, fue mi columpio de parto… ¡Qué manera de colgarme a su cuello con las fuertes contracciones! Él fue clave para desencadenar el despegue de esta realidad a otro plano. Para poder parir, durante varias horas estuve recordando las posturas, cómo respirar, vocalizar… pero comencé a tratar de controlar la situación y, claro, me fue más difícil despegar y el parto se alargó bastante. La mente y la necesidad de controlar hicieron de las suyas en un momento en el que no podía más de dolor y sentí que moría.

En ese momento mi marido me dijo, “amor si quieres vamos a la clínica, a mí no me importa si pares natural o no, si tú quieres vamos para que te pongan anestesia, yo te amo y admiro igual”. Fue ahí cuando por fin solté mis expectativas y comenzó una bella danza tribal: fuertes movimientos de mis pies al suelo, brazos al cielo, gateando como una felina por nuestra pieza.

Todo pasó rápido. De pronto sentada en la pelota de pilates, y sostenida por la espalda por Marisol, me dijeron que mi hija ya venía…Puse la mano en mi vagina y ahí estaba su cabeza. Y sentí como una energía de otro plano que me llenaba de fuerza para pujar. Mi hija ya estaba en este mundo. La recibió mi marido y la acercaron a mi corazón. Desde ahí ella se movió a mi teta ¡qué maravilla de vivencia!, y mi marido cortó el cordón umbilical; recuerdo que nos acostamos en mi cama desnudas, mi marido fue a buscar a mi hijo que dormía en su pieza para que conociera a su hermana, luego vino el alumbramiento de placenta y la preparación del batido de placenta que me hicieron Marisol y la matrona, que me dio mucha energía y fuerza. Esa noche dormimos los cuatro en nuestra cama, luego pasamos solos los tres días, sin visitas; conociéndonos, adaptándonos a nuestra nueva familia…

Este parto marcó un antes y un después en mi ser… anímico, físico y espiritual. Se me agudizaron los sentidos, aumentó mi empatía, la intuición, logré mucha seguridad interna. Paris a mi hija en casa fue una decisión que defraudó a mi papá (médico) y mi madre (enfermera), pero fue la primera de muchas otras decisiones que a partir de este momento comencé a tomar, por mí misma, sin cumplir las expectativas de los demás.

Mi parto es una vivencia que atesoro en mi alma y corazón, y esta es la  primera vez que la recuerdo con tanto detalle. Me emociona y vuelvo a vivir el nacimiento de mi hija, nuestro nacimiento.

Macarena Pinochet